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Por María Fernanda López *

La Sierra Nevada de Santa Marta es un lugar único y mágico. Quien tenga la dicha de conocerla quedará enamorado de por vida. Allí dentro de esas inmensas montañas se encuentra mi lugar favorito, mi lugar perfecto. Me refiero a la finca Campo Alegre, ubicada en el corregimiento de Siberia y la cual es propiedad de un señor de 73 años llamado Alirio Jiménez, y con orgullo les cuento que este señor de tan bella personalidad es mi abuelo.

Soy la segunda de sus nueve nietos y mi nombre es María Fernanda. Cuando les digo que este es mi lugar perfecto es porque recuerdo cada uno de los momentos vividos junto a mis primos, hermanas y, especialmente, con mi abuela Lilia Jiménez, en ese espacio amplio, lleno de verdes de distintas tonalidades, de flores y de libertad. Lilia ha sido la compañera de mi abuelo por muchos años y madre de sus tres hijos, una señora fuerte y trabajadora quien nos ha brindado todo su cariño cada vez que los visitamos.

Les puedo asegurar que la mejor parte de mi vida en este lugar fue mi niñez. Siempre esperaba las vacaciones con muchas ansias para ir a la finca Campo Alegre. Cómo olvidar los caballos de madera que nos hacía mi abuelo para que echáramos a correr colinas abajo, las veces que jugamos fútbol en el patio y él era el arquero, sin importar cuantas veces le golpeáramos sus piernas blancas en las que después le salían moretones.

Mi abuelo fue quien nos enseñó a nadar en la quebrada y también tuvo la dedicación para mostrarnos cómo ejecutar cada una de las labores de la finca, inculcarnos el respeto por la naturaleza y los animales que viven en ella, y sentirnos siempre capaces de hacer bien las pequeñas responsabilidades que nos asignaba.

Y es que levantarse cada mañana con el ruido de las aves y el olor a café es un placer que pocos tenemos y debemos valorar. Para mí la finca Campo Alegre y la Sierra Nevada significan vida, paz y armonía. Confieso que amo este lugar porque genera muchas emociones positivas que asocio con la sonrisa de mi abuelo. Por eso le doy las gracias a mi abuelo caficultor por enseñarme la vida del campo, la cual no es fácil pero sin duda es la mejor, pues no me imagino mi vida sin haber conocido este maravilloso lugar y las enseñanzas que él me ha transmitido. Y ojalá que este conocimiento heredado sirva para hacer mi aporte para una Colombia rural próspera y solidaria.

 

*Integrante del Comité de Jóvenes de Red Ecolsierra